II- ¿Cómo se interpreta la Sagrada Escritura?
1)- Interpretar, actualizar, actuar

La Biblia fue escrita hace muchos siglos por hombres inspirados por Dios, quienes -sin embargo- no perdieron su libertad, su idioma, su genio literario, su cultura, en una palabra, no fueron arrebatados del medio socio-histórico y cultural en que vivían. Por tanto, los libros bíblicos como obras literarias son fieles reflejo de la personalidad, formación y medio ambiente de sus autores.
Los siglos de distancia que nos separan de los autores bíblicos y la gran diferencia entre el mundo cultural de ellos (el semita de la cuenca Este del Mediterráneo) y el nuestro (mundo occidental de raigambre cultural greco-romana), exige de parte del lector moderno un esfuerzo de interpretación para comprenderla, y de actualización para vivirla.
Tarea de la Iglesia y del creyente, entonces, es interpretar la Biblia y actualizar su mensaje:
• Interpretar un texto bíblico es sacar a la luz el mensaje que Dios transmite por el autor sagrado. La comprensión correcta del mensaje requiere del conocimiento y práctica de unas normas básicas de interpretación, porque el contexto histórico de los autores bíblicos es diverso al nuestro y, por ejemplo, unas mismas palabras pueden tener significados y matices diferentes en la pluma de ellos y en nuestro hablar.
Algunos autores llaman “exégesis” a la tarea de interpretar la Sagrada Escritura.
• Actualizar el mensaje es adaptar el contenido de un texto a la realidad personal y comunitaria haciendo operante el carácter de Palabra de Dios viva y eficaz, que interpela y transforma; la “actualización” también requiere del conocimiento y práctica de algunas normas básicas, pues nuestras necesidades y problemas son diversos a los de los autores bíblicos y sus destinatarios.
Algunos autores llaman “hermenéutica” a la tarea de actualizar la Sagrada Escritura.
La interpretación y actualización de la Palabra de Dios y la urgencia de ser testigo de la Buena Nueva en el mundo de hoy, exige:
• Actuar el mensaje, es decir, transformar en hechos concretos (conversión) la Palabra de Dios interpretada y actualizada.
La dificultad de interpretar lo leído y actualizar el mensaje a la propia vida no es sólo un problema de los creyentes y comunidades de hoy. La Biblia da testimonio de esta dificultad. Un ministro de Candace, reina de los etíopes, que regresaba de Jerusalén y leía al profeta Isaías, le hizo la siguiente observación al diácono Felipe que salió a su encuentro: «¿Cómo voy a entender lo que leo si nadie me lo explica?» (Hech 8,31; ver además Os 14,10; Dan 9,2; 2 Pe 3,16). Para comenzar, pues, se necesita la ayuda de algún sacerdote, catequista o persona preparada (actuales “Felipes”), de sencillos pero buenos manuales y, sobre todo, de adecuadas traducciones de la Biblia.
Los principios básicos de interpretación y actualización de la Sagrada Escritura se deducen de lo que ella es: Palabra escrita de Dios, inspirada por el Espíritu Santo y confiada a la Iglesia para la salvación de todos.
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2)- Porque las Sagradas Escrituras, es palabra escrita de Dios

La preocupación fundamental de un creyente que procura conocer el mensaje de un texto bíblico es descubrir el sentido genuino del texto en cuanto palabra escrita, es decir, en cuanto obra literaria.
A propósito de lo recién afirmado, el papa Pio XII escribía en 1943: «Porque a nadie se oculta que la norma principal de interpretación es aquella en virtud de la cual se averigua con precisión y se define qué es lo que el escritor pretendía decir» (Encíclica Divino afflante Spiritu). Años más tarde, en 1965, el Concilio Vaticano II enseñaba: «El intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir…» (Dei Verbum, 12). Y sólo hace algunos años, en 1994, la Pontificia Comision Biblica recordaba a los estudiosos de la Biblia y a todo creyente las enseñanzas de Pío XII y del Concilio Vaticano II con las siguientes palabras: «La búsqueda del sentido literal de la Escritura es una tarea esencial de la exégesis» y -más adelante- define el sentido literal como aquel sentido «que ha sido expresado directamente por los autores humanos inspirados y, siendo el fruto de la inspiración, este sentido es también querido por Dios, autor principal» (La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, pp. 37 y 75).
De todas estas enseñanzas se concluye, por tanto, que la pregunta principal frente a un texto de la Sagrada Escritura es la siguiente: ¿qué quiso decir el autor sagrado? En otros términos: ¿cuál es el sentido literal del texto bíblico?
Dios “habla” por el autor inspirado, al punto que «todo lo que afirman los autores sagrados, lo afirma el Espíritu Santo» (Dei Verbum, 11). Por tanto, lo que el autor bíblico realmente intentó decir y dijo, es lo que Dios enseña; de aquí la importancia fundamental del sentido literal o sentido genuino de los textos.
Los principios que permiten responder a la pregunta acerca de qué dijo el autor o -lo que es lo mismo- cuál es el sentido literal del texto, son:
• Comprender las palabras y las frases del autor conforme las concibió en su mente y según se acostumbraban a emplear en su mundo cultural; al respecto, señala el Concilio Vaticano II: «El intérprete indagará lo que el autor sagrado dice e intenta decir, según su tiempo y cultura» (Dei Verbum, 12).
• Conocer los géneros literarios utilizados por entonces con el fin de descubrir la intención literaria de los autores bíblicos; el Concilio enseña: «Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios» (Dei Verbum, 12).
Algunos ejemplos:
+ La poesía emplea metáforas, comparaciones, imágenes osadas, antítesis, paralelismos, hipérboles y otros muchos recursos literarios que aquél que busca comprender un texto poético, no puede leer tomándolos “al pie de la letra” (lectura fundamentalista).
+ La historia bíblica interpreta el pasado y el presente del pueblo de Dios (Israel y la Iglesia) a la luz de Dios que interviene en medio de los hombres por sus enviados; para la “historia bíblica” -a diferencia de lo que ocurre con nosotros- no es una preocupación fundamental datar los acontecimientos en un tiempo y en un espacio determinados, sino testimoniar cómo Dios conduce y dirige a su pueblo; la lectura de los libros históricos de la Biblia, por tanto, requiere de una exquisita “sensibilidad de Dios”, propia de un profeta, a fin de descubrir los proyectos divinos y su paso por la historia.
+ Un evangelio proclama la buena noticia de que Jesús de Nazaret es “Mesías”, “Salvador” y “Señor”; para cumplir esta finalidad, los autores de los evangelios recuerdan y seleccionan algunos dichos y hechos de Jesús y los presentan de modo que ayuden al lector a crecer en su fe, y así «tenga en Cristo vida eterna» (Jn 20,30-31); un evangelio no es una biografía de Jesús, sino la proclamación gozosa de que en Cristo, Dios nos salva.
+ La parábola es un relato breve, de carácter figurativo y construido con elementos tomados de la vida cotidiana; su finalidad es provocar un determinado comportamiento en el lector y entregar una enseñanza que, con imaginación y sagacidad, se debe descubrir; nadie puede leer una parábola como lo hace con un libro de historia o de ciencias.
Informarse de los datos principales acerca del medio socio-histórico y cultural en que el autor se mueve y enmarca su obra, con el fin de entender mejor su mensaje y las necesidades vitales y religiosas de los destinatarios del libro.
La Sagrada Escritura pide un esfuerzo de inculturación: hay que leerla sumergidos en el mismo ambiente socio-cultural de los autores sagrados y del mundo en el que vivieron. Como dice un autor moderno: «Se trata, pues, de dar vida al texto para que signifique en nuestro tiempo lo que significó en su época original».
Al conocimiento de estos principios básicos de interpretación, sigue la forma práctica de proceder, que puede ser:
– Leer y releer el texto escogido y -si es necesario- en Biblias diferentes; anotar las diferencias y tratar de explicarlas.
– Darse cuenta de qué pasaje antecede al texto escogido y cuál le sigue; tratar de sacar alguna conclusión del “lugar teológico” que ocupa el texto en el capítulo o libro.
– Destacar los sustantivos y adjetivos importantes del texto leído; indicar las palabras que no se comprenden y ver su significado en diccionarios de la Biblia.
– Destacar los verbos importantes señalando quiénes son los sujetos de los mismos y los destinatarios de sus acciones.
– Agrupar las palabras y los verbos por “familia”, lo que ayuda grandemente a fijar el tema central del pasaje; con frecuencia los textos combinan familias de palabras bien precisas, y sacan a la luz -si los hay- los contrastes y oposiciones del texto.
– Esbozar un esquema literario que contenga sólo lo fundamental del texto y resalte el tema central del mismo; memorizar las frases más importantes y aprender el libro y el capítulo en que se encuentran.
– Emplear las cronologías que traen las Biblias, para enmarcar históricamente el personaje o la acción; tratar de recrear las condiciones socio-históricas en las que se sitúa el texto; comprender bien las instituciones, como por ejemplo los “fariseos”, los “saduceos”, saber del “templo” y sus “sacrificios”, etc.
La finalidad de esta forma práctica de proceder es determinar quién es el sujeto principal, qué acciones realiza o qué dice; quién recibe la acción o las palabras del sujeto principal; quién está con él, quién está contra él, por qué; qué cambios de comportamientos testimonia el texto y a qué se debe.
Es importante aproximarse al texto elegido sin prejuicios ni subjetivismos, evitando en lo posible “proyectar” en el pasaje nuestros propios problemas y nuestra particular comprensión del mismo.
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