El Carisma de la Renovación para la Iglesia
Dentro de todos los movimientos de la Iglesia hay algo que no es patrimonio exclusivo de ellos, sino de toda la Iglesia, y la Renovación no puede ser la excepción.
Para ser eclesiales, tenemos que vivir la riqueza de nuestro movimiento pero no de forma exclusiva o sectaria, sino descubriendo su identidad -pues en él estamos luchando y viviendo el testimonio de Jesucristo-, para que sea como una puerta de entrada para la Iglesia.
Todos los movimientos nos conducen a la Iglesia, a nosotros nos toca vivir -desde nuestro movimiento- este entrar a la Iglesia y descubrir la riqueza de todos los Movimientos; al hacerlo, también encontramos nuestra propia identidad, entonces podemos vivir en comunión, compartir y dialogar -pues el hombre entra en diálogo a partir de sí mismo, descubriendo quien es él-, hacemos comunión a partir de nuestra realidad, que es nuestra conciencia como personas.
Nadie puede compartir, participar y vivir este misterio de comunión que es la Iglesia, si primero él no se descubre como persona que participa en esta riqueza de Jesús muerto, resucitado y glorificado.
Jesús es la cabeza del cuerpo místico –que es la Iglesia- y El, lleno del Espíritu Santo, envía al Paráclito para que distribuya sus dones, gracias y carismas a todo el cuerpo.
Por eso la Renovación Carismática, tiene el compromiso en sus servidores, coordinadores y asistentes de descubrir, profundizar y cuidar su propia identidad, sino lo hace, no puede entrar en diálogo con los demás movimientos en la Iglesia.
En alguna ocasión decía Paul. J. Cordes -que fue el vicepresidente del Consejo Pontificio de laicos y asesoró mucho tiempo el organismo internacional llamado ICCRS- cómo los movimientos tienen una fuerza centrípeta (fuerza de integración, de cohesión interior), que los lleva a auto descubrirse -en un momento dado-, pareciendo incluso hasta sectarios; este momento se presenta cuando dichos movimientos tienen la necesidad de recluirse en si mismos -no por ser su estilo de vida simple y ordinario sino que son momentos intensos, verdaderos y extraordinarios- para volverse a descubrir.
Pero después viene la fuerza centrífuga (es la de expansión e incrustación) y entonces dichos movimientos vuelven nuevamente al inmenso océano de la Iglesia para vaciar sus gracias, virtudes, carismas, dones, riqueza, santidad, y el testimonio de Jesucristo muerto y resucitado; es decir, “su vida”, que es la Vida en el Espíritu Santo, y así esos movimientos bañan la Iglesia.
Peligros del autodescubrimiento
Esto sucede con todos los movimientos, sin embargo ¿qué sucede cuando un grupo se repliega sobre si mismo, para auto descubrirse, en este momento centrípeto de toma de conciencia de su propia identidad, pero después ya no se vacía en la Iglesia?, ¿qué sucede si esto ocurre de una forma ordinaria y continua?, el movimiento se va convirtiendo en una secta: ya no es riqueza para la Iglesia pues ya no quiere tener nada que ver con otros movimientos, instituciones, organismos, carismas, gracias que vienen también del Espíritu Santo y que constituyen este fenómeno maravilloso que es el nuevo Pentecostés.
La Gracia de Un nuevo Pentecostés
Ningún movimiento tiene la exclusiva de ser un nuevo Pentecostés como diciendo: ¡somos el único camino!, sino que este nuevo Pentecostés lo vivimos como riqueza Eclesial cuando nos vertemos en nuestra Madre que es la Iglesia.
Un ejemplo es: El agua que viene a través de las montañas nevadas: cuando sale el sol derrite el hielo y la nieve transformándolos en agua líquida y ésta se va convirtiendo en riachuelos, se forman cascadas, ríos, manantiales, estanques o lagunas y ríos más grandes en los que convergen ríos más pequeños, esta agua alimenta los montes, las llanuras, favorece la agricultura, los animales se nutren de ella, el hombre construye presas o represas, se alimenta de los frutos y de la misma agua y a fin de cuentas, esta agua desemboca en un inmenso mar.
Podríamos decir que algo semejante ocurre con los movimientos que pueden ser como esa agua que primero es hielo, frío, dureza y pasividad, pero en cuanto es “tocado” y acariciado por el inmenso amor del Padre a través de Jesucristo en el fuego del Espíritu Santo, comienza a derretirse, a convertirse en: celo apostólico, caridad, servicio, testimonio; y comienza a tomar fuerza, a crecer, a dar vida y a compartir con su sencillez, humildad y docilidad: sus carismas, gracias y bendiciones desembocando en el inmenso mar que podríamos decir es la Iglesia.
Así los movimientos -el nuestro también- son como agua que quiere desembocar siempre en la Iglesia, no quiere quedarse estancada.
Otro ejemplo puede ser: imagínense ustedes a la Iglesia como un gran jardín, en medio de este jardín pasa un riachuelo que lo baña todo, ahí van a encontrar césped, árboles, plantas de todo tipo, frutos y flores muy hermosas que son atractivas y frágiles; el jardín tiene un dueño, y éste un hijo a quien ama y se complace en él; este hijo es el jardinero que poda, prepara la tierra, arregla las plantas, embellece con su presencia y amor a todos los árboles, frutos y flores del jardín y que además encauza el agua para que todo en el jardín tenga vida.
Los Frutos del Espíritu y los Carismas para la Iglesia
Algo parecido es la Iglesia, donde vamos a encontrar santidad, humildad, fe, caridad, esperanza y todos los frutos del Espíritu sobre todo el amor, pero también encontrarán carismas; recuerden que: cuando se presenta un carisma, ello no significa que Dios está ahí viviendo o morando de una forma permanente y estable, sino significa que Dios está “pasando”.
Como cuando alguien en una Asamblea de oración se sana de una enfermedad, o alguien empieza a hablar con el don de lenguas (glosolalia o en xenoglosia) -en las lenguas del Espíritu- dando testimonio; esto no significa que esa persona sea muy santa, eso quiere decir que Dios está “pasando” por ahí.
En la Iglesia necesitamos frutos que nos digan que Dios está ahí, pero también necesitamos carismas y movimientos –los cuales podrían ser como las flores del jardín: muy bellas y atractivas- pero que tienen toda la fragilidad y debilidad del hombre y su estructura.
Así, los movimientos en la Iglesia se nos presentan como flores -ojalá que esas flores se conviertan siempre en frutos que se llamen amor, santidad- para dar alegría y gozo a todas las acciones eclesiales.
La Iglesia también tiene “dueño”, es el Padre eterno y misericordioso, rico en bondad y amor, su Hijo –nuestro Señor y Salvador Jesucristo-, es como el jardinero, que principalmente distribuye el agua y esta “agua”, “brota de su costado abierto” y es el Espíritu Santo que forma un manantial como un nuevo Pentecostés para enriquecer, embellecer y dar Vida a toda la Iglesia y desde ella al mundo.
Dirijamos la mirada al “jardinero” Jesús y al “riachuelo lleno de agua” que es Espíritu Santo y pensemos en el misterio de la Iglesia dándole gracias al “dueño” que es nuestro Padre amoroso.
Que ofrece a Renovación a la Iglesia.
Nuestro movimiento tiene que ofrecer a la Iglesia “su riqueza” -el Bautismo en el Espíritu Santo- y tiene que ser como una puerta de entrada, por eso tenemos un proceso que hay que cuidar.
Por eso la presencia de la renovación en la vida de nuestras parroquias y de nuestras diócesis nos permite contemplar la obra maravillosa del Espíritu de Dios que como en una nueva primavera nos regala el don de un Nuevo Pentecostés. Al mismo tiempo el Espíritu Santo nos invita a proteger la libertad y la gracia que El mismo nos da, mediante el camino del orden y de la norma.
Los Estatutos de la Renovación Carismática, tienen como finalidad descubrir, proteger, hacer valer la identidad, los carismas, las gracias, la libertad y la obra del Espíritu Santo.
Desde este punto de vista -amados hermanos- debemos cuidar nuestro movimiento, pues contiene un tesoro, una gracia y un patrimonio que no le es propio de una forma exclusiva sino que tiene la obligación de retornar a su Madre -la Iglesia- y entregarle dicho patrimonio.
Por ello, es que el movimiento, tal como lo dice San Juan Pablo II, es “nacido en la Iglesia y para la Iglesia” (14/03/2002), razón por la cual, todos debemos conocer –principalmente los “líderes”-, la identidad de nuestro movimiento.
Al aceptar que otros te llamen “líder”, ellos esperan que tú los guíes y quieren de ti este conocimiento, entonces esto es muy importante para que tú lo tomes en cuenta.
Este aspecto se tendrá que recordar siempre, en cada reunión en la que el movimiento se repliegue sobre sí mismo -reuniones de consejo y retiros-, orando profundamente al Espíritu Santo, cuando le dice que venga y pide que renueve en él -el movimiento- el carisma específico que ya le ha regalado, el Bautismo en el Espíritu Santo.
Nosotros no hemos hecho nada para recibirlo, nos lo dio Dios gratuitamente y el Espíritu Santo desea que ese carisma lo pongas al servicio de la Iglesia.


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