¿Hasta Cuándo Señor ?
Muchas veces cuando estamos pasando por situaciones de dolor y tristeza, solemos pensar o decir: Y este sufrimiento, esta pena, este mi dolor, esta angustia de sentirme impotente, ¿cuánto tiempo va a durar, Señor Jesús? ¿Cuándo va a terminará este tormento, Padre santo? ¿Es que va a ser eterno este martirio tormentoso, Señor?

Porque cuando yo miro una pelea de boxeo, si noquean a uno de los contendientes en los primeros rounds, a mi me parece que la pelea fue muy corta; pero indiscutiblemente, para el boxeador que fue noqueado, la pelea ha sido muy larga.
Imagine. ¡ Tanto aguantar ! Por eso, bien se dice que las palabras del Señor Jesús más memorizada por los boxeadores ganadores es: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos 21:35) 😊. Y que la oración favorita de los boxeadores perdedores es: “Misericordia, Señor, que desfallezco” 😊(Salmo 6:3a).
Yahvé, nuestro Dios, permite las pruebas para saber si realmente le amamos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma (Deuteronomio 13:3); pero éstas pruebas que sufrimos, no creo que sean un examen de Dios para mí, sino la oportunidad que él me da para que me sondee a mí mismo.
Santiago nos dice que estimemos como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas, porque cuando somos probados, aprendemos a tener paciencia (Santiago 1,2-3).
La alegría en la tribulación
¿ Que qué? ¿Sentirme feliz cuando tengo que llorar porque he sido despedido de mi trabajo, cuando mi mejor amigo me traicionó con mi esposa, cuando se me quemó la casa, o cuando ha muerto uno de mis seres queridos? ¿Qué utilidad puedo alcanzar de todos esto?

La carta de Santiago nos dice que con ello aprendo a tener paciencia.
Aprender, es todo un proceso que implica cultivarse, ilustrarse y formarse, profundizando por medio del estudio, del ejercicio y de la práctica.
Las pruebas, pues, me dan conformidad y de allí, viene la paciencia, a su vez, la paciencia, engendra humildad, y cuando soy humilde, aprendo a ser manso.
Y ¿quién quiere ser manso? todos piensan que un manso, es un menso, un perdedor. Vaya error. La palabra manso, viene del latín mansuesco, que significa, dejarse tocar, conducir por la mano de Dios.
Y, ¿acaso yo necesito paciencia? Todos la necesitamos.
Si meditamos detenidamente, nos encontraremos en que muchas veces nos hemos arrepentido de haber actuado precipitadamente.
Abrimos nuestras bocotas para herir, muchas veces, aquellos a quienes decimos amamos. Decimos, esto lo compro, y no hemos terminado de pagarlo, cuando ya nos hemos aburrido de esa compra y pasa a formar parte de las cosas viejas que “adornan” nuestras bodegas.
Absolutamente, todos necesitamos paciencia para poder soportar a aquellos que no nos entienden, para poder ser constantes en nuestras oraciones, para poder perseverar en nuestros estudios bíblicos, etc.
La paciencia en la tribulación
Ud. me puede rebatir de que está bien, que hay que aprender a tener paciencia, pero de eso a sentirme afortunado por tener pruebas, hay una galaxia de distancia.
Si, es cierto. No solamente tiene que aprender, tiene que ser feliz en la prueba. San Pablo dice: “Por eso alégrense, aunque por un tiempo quizá les sea necesario sufrir varias pruebas” (1a Pedro 1,6).
Alegría y gozo son sinónimos, mientras que la felicidad puede ser vista como una emoción pasajera, el gozo y la alegría tienen raíces más profundas en la relación con Dios.
Ahora tenemos que no es solamente Santiago sino también San Pedro, quien me dice que tengo que sentir alegría y felicidad en mis pruebas. Ahora bien, San Pedro me dice que mis pruebas, ya que serán varias, serán solamente por un tiempo. Si las pruebas serán solamente por un tiempo, tengo que deducir que mis pruebas no serán eternas. Es más, San Pedro nos dice que después de que suframos un poco, Dios nos hará perfectos, firmes y fuertes hasta que estemos seguros (1a Pedro 5,10).
Bien dice el dicho popular que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que los resista. Además, después de la tempestad, siempre viene la calma. Por muy oscuro que parezca el cielo, siempre hay un sol que nunca deja de alumbrar.
Fortaleza en las pruebas.
Ahora bien, nunca nos llegaran prueban superiores a nuestras fuerzas humanas y Dios no nos fallará porque nunca permitirá que seamos tentados sobre nuestras fuerzas.

Es más, nos dará al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistirla (1a Corintios 10,13). Por eso es que nos vienen pruebas de toda clase, pero no nos desanimamos. Andamos con graves preocupaciones, pero no desesperados; andamos perseguidos, pero no abandonados y aunque nos sintamos derribados, sabemos que no estamos aplastados (2a Corintios 4,8-9).
Debemos de aprender a soportar los sufrimientos, como un buen soldado de Cristo Jesús (2a Timoteo 2,3). La prueba ligera y que pronto pasa nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande, que no se puede comparar con nada (2a Corintios 4,17).
En verdad, dice San Pablo, me parece que lo que sufrimos en la vida presente, no se puede comparar con la gloria que se manifestará después en nosotros (Romanos 8,18).
Toda la perfección y felicidad en la inmortalidad, nos son ofrecidos. ¿No seremos capaces de soportar sabiendo que Dios tiene preparado para nosotros un banquete celestial?
San Pablo también nos dice que cosas que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni que han subido al corazón del hombre, son las que Dios tiene preparadas para todos los que lo amamos (1a Corintios 2,9).
Así, hermanos amados, solamente debemos de desear que Cristo habite en nuestros corazones por la fe, para que se enraice y se cimiente en nosotros el amor (Efesios 3,17), que debe ser, al fin y al cabo, la base de nuestra esperanza a una vida plena en Cristo Jesús nuestro Señor.
Oremos
¡Señor, Ven aprisa a liberarme!
Sé tú mi roca fuerte, una fortaleza donde me salve;
pues mi roca y mi baluarte eres tú:
¡guíame por tu nombre, dirígeme!
Sácame de la red que me han tendido, pues tú eres mi fortaleza.
Amen
Deja un comentario